jueves 29 de diciembre de 2011

URTE BERRI ON!


No, no estoy desaparecido, solo un poco liado. sin embargo no me olvido de este mi rincón. Ni tampoco de vosotros. Por eso os dejo aquí, para que no perdais el gusto por seguirme, este pequeño relato.
Disfrutadlo y que este año que comienza os permita seguir sacando lo mejor de vosotras y vosotros mismos, como hasta ahora.


LOS ANGELES Y LAS NARANJAS EN LA PLAYA DE LAS PALMERAS

- Salve, bella Fulbia- le saludó el eunuco a la anciana cuando entró en las termas.
Fulbia le miró con una cierta indiferencia y se dirigió al cubiculum.
-Salud, Minerva- saludó Fulbia a una mujer más joven que ella, que se estaba preparando para entrar a la piscina.
La anciana se despojó de la túnica y se unió a la joven en el agua. A pesar de lo avanzado de su edad y de las señas evidentes del paso del tiempo, todavía conservaba la piel tersa y los pechos firmes. Pero sobre todo, su mirada altiva y orgullosa, denotaban un pasado lleno de historias que contar. De hecho, Fulbia escribía. Sus relatos tenían encandilada a la corte del emperador Nerón. Por eso, cuando la anciana entró en el agua, Minerva se apresuró a acercarse a ella, en la seguridad de que la deleitaría con una nueva historia. Fulbia se dio cuenta de ello y, sonriendo con malicia, se sumergió por completo en el agua haciéndose de rogar.
El eunuco, apartado de manera discreta en un rincón, no dejaba de observar las evoluciones de la anciana en el agua, lo que no pasó inadvertido a Minerva, sobre todo al darse cuenta de que en la mirada del joven mulato había preocupación.
Cuando Fulbia asomó la cabeza fuera del agua, la mirada del eunuco se relajó y Minerva aprovechó para preguntarle a la anciana:
- No sé, querida Fulbia, si te has fijado en la actitud de nuestro joven esclavo-
- ¿A qué te refieres, Minerva?- indagó la anciana preocupada.
- Está muy pendiente de ti- le contestó la joven, y añadió -¿A qué se deberá?-
Fulbia cerró los ojos y recostándose en el borde de la piscina, rememoró aquellos lejanos días en las playas de Valentia, hacía ya muchos años, cuando su vida deambulaba de un lado a otro y de lecho en lecho. Es verdad que ello le permitía ganarse unas monedas, pero no es menos cierto que también le posibilitaba disfrutar de los placeres del cuerpo, porque eso sí, los clientes no le faltaban y ello le daba opción a vivir con una cierta holgura y, además, elegir a los hombres con los que se acostaba.
Aquel día entró en su casa un hombre africano, ni siquiera se acordaba de sus nombre, pero sí de su cuerpo, negro como el azabache, fuerte y musculoso como un atleta, y con unas manos suaves como el terciopelo, lo que indicaba que no era un esclavo. Aquel hombre la encandiló como pocos lo habían conseguido. Fueron dos días y dos noches de locura, entregándose a todos los placeres, no se podría decir cuál de los dos era más experto en las artes amatorias. Alternaban las noches sudorosas con los paseos por la playa, entre las palmeras, mientras el ambiente se llenaba de una mezcla de olores entre el salitre del mar y los naranjos que llenaban los campos de alrededor.
Un buen día, el hombre de Africa se marchó sin despedirse y sin decir nada, tal y como había llegado. Nueve meses más tarde nació Malak, un ángel en su azarosa vida, un muchacho de color ceniza y que, a medida que iba creciendo, ganaba en fortaleza, siendo así que, a Fulbia, cada vez le recordaba más a su padre, especialmente en la mirada y en las manos.
Años más tarde, Fulbia llegó a Roma, siempre acompañada de Malak, su hijo. Allí prosperó y su fama como cortesana y contadora de historias le permitió rodearse de lo mejor de la corte del emperador. Cuando el niño llegó a la pubertad, la mujer se dio cuenta de que el muchacho no podía seguir junto a ella y, aprovechando su relación con el tribuno Lucius Flavis, le dejó a cargo del esclavo jefe de los eunucos de las Termas. Allí, Malek creció al margen de los avatares de su madre, pero bajo su protección y vigilancia, a la vez.
Fulbia sonrió y abrió los ojos. Su amiga Minerva se mantenía expectante frente a ella.
-Fulbia, Fulbia- le llamó- ¿Dónde estabas?- le preguntó.
- ¿Qué, qué?- indagó la anciana saliendo de su ensimismamiento –Qué me decías?
- Te he preguntado si te habías dado cuenta del interés del eunuco por ti- prosiguió Minerva -¿en qué pensabas?- volvió a preguntar fijando sus ojos en ella.
Fulbia miró de reojo al joven de color ceniza y sonriendo maliciosamente le respondió:
- En los ángeles  y las naranjas de la playa de las palmeras-
Y volviendo a cerrar los ojos, se sumergió, de nuevo, en el agua dejando a una Minerva sorprendida.

Txema Olleta
17-06-11

viernes 25 de noviembre de 2011

25 de noviembre, NO A LA VIOLENCIA MACHISTA

El arco iris a veces no es sinónimo de alegria.




viernes 2 de septiembre de 2011

COMO EL BUEN VINO

¿Desde el 8 de julio sin escribir? ¡Eso no puede ser! ¡Qué descontrol!... 

Pero ¿qué estoy diciendo? !Qué desconsiderado! Perdonadme amigas y amigos, porque lo primero que tiene que hacer un anfitrión que se precie es dar la bienvenida a sus invitados, con más motivo después de unas buenas y merecidas vacaciones. Así es, un verano lleno de experiencias, complicado, al mismo tiempo, y con una sensación de corto y largo a la vez.

La verdad es que ya echaba de menos este espacio y a vosotros, por supuesto. Pero, especialmente, anhelaba la sensación de coger un bolígrafo y una hoja, y degustar el olor de la tinta, la textura del papel y el sabor (amargo o dulce) de un relato, una historia surgida de un sentimiento propio. Igual que si fuera un buen vino. Porque cuando escribo, lo hago desde el alma, sin preocuparme si es bueno o no, si va a gustar o no. Escribo por el simple placer de escribir y si, además, disfrutáis leyéndolo, el placer es mayor.

Si se trata de escribir o leer historias propias o de otras personas, yo siempre digo lo mismo: para mi el mejor relato del mundo es el que me gusta a mi en ese momento. Igual que el buen vino. Yo no entiendo de olores afrutados, ni sabores más o menos ácidos o texturas violetas o rojizas. Ni de reservas, crianzas o de año. Abro la botella y me sirvo, lo pruebo, lo saboreo y, si me gusta al primer trago, para mi es el mejor vino del mundo en ese momento (aunque a veces, es verdad, necesite probarlo un poco más). Y si tengo invitados a mi mesa, lo comparto con ellos porque yo pongo en mi mesa lo que creo que es el mejor vino del mundo. Igual que con mis relatos. 

Y si a esta mi casa, que es también la vuestra, alguno de mis invitados me trae su relato para compartirlo conmigo, para mi será el mejor relato del mundo en ese momento, y lo disfrutaré en mi mesa. Y, por supuesto, lo compartiré con vosotros y vosotras. Igual que con el buen vino

Así que sean vuesas mercedes bienvenidos y bienhalladas, de nuevo, y disfruten de esta su mesa.

viernes 8 de julio de 2011

OJALA...

Por una vez (y os aseguro que no será la última), comparto este espacio con una amiga entrañable. Bueno, siempre lo comparto con vosotras y vosotros, pero esta vez de manera muy especial. Me gustaría que disfrutárais de este relato que ha escrito mi buena amiga Eva. A mí me ha encantado, sobre todo porque descubro a una mujer con una capacidad creadora enorme y, sobre todo, humilde. Sin más os lo presento y espero que lo disfrutéis tanto como yo lo he hecho.


OJALA

Sostuve tu mirada esquiva. Dijiste, con una voz que apenas pude reconocer, que no sabías si aún me querías, que necesitabas tiempo para pensar... Y entre el estruendo de los trenes que salían y entraban a la estación, te escuché decir que volverías. Sonó vacío, como suena el silencio.

Desearía no haber sabido que esa despedida era la última. Pero lo supe... con la certeza terrible que tienen los suicidas cuando se dan cuenta de que ya no hay vuelta atrás. Vi en tus ojos el cansancio, la desilusión y la mentira. Sentí el frío en tu piel. Lo supe, y tu último beso me supo a muerte.

En ese momento ni siquiera pude odiarte. Estaba demasiado acostumbrada a quererte, a buscar en ti lo tierno y lo dulce. Tan hecho mi cuerpo a buscar el tuyo, que ni la más dolorosa de las evidencias podía apartarlo de querer encontrarte en cada rincón del recuerdo.

Ahora, dos meses después de tu último abrazo, pienso que si hubieras muerto, yo podría seguir acariciando tu sonrisa en las fotos, en vez de tener que hacer pedazos todo lo que trae tu imagen. Con los ojos cerrados evocaría cada detalle hermoso que construí contigo, reiría recordando nuestras bromas privadas; mis lágrimas serían de cristal y no de sangre. Me tumbaría en la cama echando de menos tus manos, y me dormiría esperando encontrarte en los sueños. Seguirías siendo mi cómplice, y no mi verdugo.

Si ya no existieras, no sería enfermizo seguir queriéndote. No tendría que buscar mil estrategias para olvidar cómo olía tu cuello o que tus andares eran los más ridículos del planeta, pero los más encantadores... No necesitaría evitar tu mirada cada vez que aparece en mi memoria, y el recuerdo de tus besos no estaría teñido del miedo a que todo haya sido una larga mentira. Tu nombre no sonaría como el dolor, y las paredes de los lugares en los que hemos estado juntos, no me gritarían «Ya no te quiere, no eres suficiente para él, no eres suficiente...».  

Podría mirar al cielo intentando encontrar una estrella que brillara sólo para mí, en vez de sentir el vacío que me ha quedado dentro, después de que tú te llevaras todo lo que podía dar. Repasaría mil veces cada palabra que escribiste pensando en mí, y te creería de nuevo, en lugar de tener que odiarte por haber jugado conmigo a un amor de broma. Aún sabiéndola imposible, seguiría soñando con una vida a tu lado, y no me avergonzaría, como hago ahora, por haberla imaginado alguna vez. Guardaría, en los lugares más importantes de mi casa, tus libros, tus discos, tu ropa..., cada cosa pequeña que quedara de ti, para que nunca terminaras de marcharte... en vez de tirar todo lo tuyo, incluso el tiempo que vivimos, a la basura.

Ojalá te hubieras muerto..., así yo no tendría que matarte cada día.
                                                                                                                                                        Babattina

miércoles 15 de junio de 2011

A LA SOMBRA DE TUS BRAZOS ME SENTE

A la sombra de tus brazos me senté,
mientras el suave murmullo del aire
me adormilaba recostado en tu tronco,
y las ramas de tu pelo acogían con ternura
los nidos donde se refugiaban las mariposas.

Tus raíces, fuertes, robustas y amorosas
se hacen una con las entrañas de la tierra,
y por encima, elevándose hacia lo infinito,
llenándolo todo de verde esperanza,
tus dedos, que suavemente me acarician.

Sombra que del sol duro y seco me protege,
bastón en el que apoyarme en mis desdichas,
arrullo que en tu seno me adormece
y, aunque de mi pecho salgan flores marchitas,
siempre estarás ahí, en la tierra clavada.

miércoles 18 de mayo de 2011

LA NOCHE DE LA LUNA

Amaya le hizo una seña a Ramón, su técnico de sonido, indicándole que subiera el volumen de la música mientras ella se tomaba dos minutos de descanso. Se levantó despacio y se estiró mientras daba dos pasos por la cabina. Aquella noche parecía un poco aburrida a pesar de que el teléfono no había dejado de sonar desde que empezó el programa, sin embargo, algunas llamadas de mujeres, ya de cierta edad, con ganas de desahogarse y otra media docena de oyentes que querían dar consejos, no habían conseguido sacarla de su tono habitual, calmado y tranquilo con el que solía atender las llamadas. La verdad es que llevaba cinco años dirigiendo el programa y saliendo a las ondas y, a pesar de que el momento parecía propicio para las confidencias, pocas veces alguien había conseguido emocionarla o enfadarla. Le gustaba su trabajo, la gente llamaba y se sinceraba con ella, mujeres que volcaban su soledad y su angustia, hombres que buscaban consuelo y que mostraban su lado más sensible, ocultándose en el anonimato de las ondas. Ella solo hacía de intermediaria, no se implicaba, no tenía que hacerlo y tampoco quería.
Amaya se sentó de nuevo y se puso los cascos. Dejó que la música sonara un poco más y haciendo una seña a su compañero, dio paso a una nueva llamada. Era una voz masculina, suave y sugerente.
-Buenas noches, amigo escuchante- dijo Amaya con su voz suave y pausada. –Bienvenido al lugar de las almas nocturnas. ¿Qué podemos hacer por ti?- preguntó la chica.
- Buenas noches Amaya- respondió la voz -¿te has fijado que esta es la noche de la luna?
A Amaya le sorprendió la respuesta porque no era lo que oía habitualmente al comienzo de las entrevistas.
-¿Por qué dices que es la noche de la luna?- Preguntó Amaya intrigada.
-Porque estoy en la playa, paseando a la orilla del mar y una bella y gran luna blanca se refleja en el agua y la arena- contestó la voz masculina.
-¡Vaya!- exclamó Amaya- No sabes cómo me gustaría estar ahí y disfrutar de esa hermosura.
Lo que oyó a continuación la sorprendió.
-¡Estás aquí, conmigo, Amaya!- dijo con suavidad el hombre.
-Eso no es posible- respondió ella.
-Lo es. Solo con que tú lo desees. ¿Sabes?- prosiguió él mientras Amaya le seguía con atención –tienes unos pies muy finos y delicados.
A Amaya aquello le empezaba a divertir, y dispuesta a seguirle el juego le preguntó: -¿y qué hago ahora?-
- Estás tumbada boca arriba, el agua moja suavemente tu espalda y de vez en cuando una pequeña ola pasa por encima de la camisa de seda que llevas puesta- siguió él –por cierto, tienes unos pechos muy bonitos.
Eso a Amaya la pilló de sorpresa, se tocó el pecho cubierto por la fina camisa de seda que llevaba puesta y descubrió con rubor que sus pezones estaban erectos. No podía dejar que aquella llamada le hiciera perder el control.
-Cómo te llamas- preguntó ella dispuesta a retomar el control de la situación.
-¿Y perder la magia? No necesitas saberlo, el nombre solo es una marca que te ponen al nacer- respondió la voz – lo importante es sentir. ¿Tú sientes, Amaya?
Ramón asistía asombrado a aquella conversación y observaba en silencio y con discreción el efecto que la misma estaba produciendo en su jefa. Amaya intentaba mantener el control pero le estaba resultando difícil, especialmente al sentir una ola de calor subiéndole desde el vientre hasta la cabeza cuando aquel hombre siguió hablando.
-¿Sientes el calor de mi mano cuando te acaricio el cuello?- prosiguió él.
Entonces Amaya cerró los ojos y se dejó llevar, y sintió. El roce de los labios del hombre sin nombre en su cuello, acercándose a los suyos, mientras sus manos la rodeaban por la cintura y la acariciaban con ternura. ¡Aquella voz! La envolvía hasta embriagarla y ¡aquella luna!, aquella luna que la bañaba y hacía que su silueta desnuda se reflejara en la arena difuminando sus formas redondeadas.
La música se fue apagando suavemente mientras una trompeta tocaba sus últimas notas. Amaya abrió los ojos lentamente y miró a su alrededor, en la cabina. Se sobresaltó y dudó si había sido un sueño o no. Se sentó de nuevo y se puso los cascos y una nueva llamada entró en antena. La voz suave y sugerente de un hombre la devolvió a la realidad:
 -Buenas noches, Amaya. ¿te has fijado que esta es la noche de la luna?

Txema Olleta