miércoles, 28 de noviembre de 2018

GRACIAS A LA VIDA


Que mejor momento para compartiros mis sentimientos que este 28 de noviembre, año 61 de mi plena y gratificante vida. Porque si algo han sido estos 61 años es plenos y gratificantes, con sus luces y sus sombras. No voy a hacer ahora repaso de los 61 años (¡No por Dios!), os quiero demasiado como para haceros pasar por ese trance.

Pero no tengo mejor manera de agradecer las muestras de cariño recibidas de innumerables personas, cercanas o menos cercanas (pero también queridas) a través de diferentes herramientas. Desde las más personales (llamada telefónica, wasap o telegram y correo privado) hasta las más abiertas como el Facebook.

Al margen del canal que hayáis elegido, a mí me sirve para dar gracias a la vida por vuestra presencia cercana, por vuestro cariño y por todo lo que aprendo de vosotras y con vosotras. Sois un referente en mi vida, una guía en los momentos duros y un ejemplo a seguir muchas veces.

Doy gracias a la vida por mis hermanas y hermanos de Comunidad, con quienes comparto espiritualidad y la fe en un Jesús que estuvo con los más humildes y que sigue siendo mi referente como creador de nuevos paradigmas.

Doy gracias a la vida por mis compañeras de compromiso político, aunque ahora parezca que estoy desconectado y bastante desorientado, ellas siguen siendo mi acicate y mantienen mi creencia de que otro modelo de hacer política por y para las personas, es posible, a pesar de las sombras.

Doy gracias a la vida por mis compañeros de activismo social, mis queridos y amados amigos de camino igualitario, ese camino hacia ese modelo de hombre tierno, cariñoso, solidario, respetuoso, igualitario. Ese modelo que tenemos que rescatar. Con ellos descubro mis luces y mis sombras machistas, y aprendo cada día a ser mejor hombre y, por tanto, mejor persona.

Doy gracias a la vida por todas las personas, hombres, mujeres, jóvenes, mayores… que me escuchan en mis talleres y charlas, porque con ellas también aprendo y me reconstruyo.

Doy gracias a la vida por todas esas mujeres que me interpelan y me acompañan en ese camino hacia la igualdad siendo un referente muy importante en mi proceso de transformación personal. A todas esas mujeres  que me han acompañado en el Encuentro Mixto y de las que tanto he aprendido y recibido.

Y por supuesto, doy gracias a la vida por mi familia, mi pareja, mis hijos e hija, que me acompañan en ese largo camino de crecimiento personal, me interpelan, me aguantan y me sostienen en los momentos de flaqueza.

Doy gracias a la vida por tantas cosas, que no me cabrían en un libro de mil páginas. Por todas esas cosas pequeñas que cada dia, a cada instante, me llenan y que me recuerdan que, ciertamente, tengo que darle gracias a la vida.

Hoy he cumplido 61 años, un día más que ayer y un día menos que mañana. No lo podía haber celebrado de mejor manera que vivirlo con Isa y haciendo lo que más me gusta y llena: hablar a un grupo de estudiantes de ingeniería en la Universidad de Eibar sobre la violencia machista. Podía haber sido en otro sitio, pero para mí ha sido un regalo hacer lo que más me llena: hablar a los chicos sobre el modelo de hombre que tenemos que ser.

Doy gracias a la vida porque me siento querido por tantas y tantas personas, porque a pesar de que me está tocando vivir una etapa físicamente un poco (solo un poco) complicada, de bajón, anímicamente, emocionalmente, todas vosotras sois mi aliciente.

Por eso y por muchas cosas más, porque cada día amanece, porque disfruto de los rayos de sol, de las tormentas y de la luz, CADA DIA, AL LEVANTARME, DOR GRACIAS A LA VIDA.











jueves, 18 de mayo de 2017

NON HAGO... ARANTZAZUKO ARTZAINA?

Este fin de semana se rinde homenaje a un gran hombre, un gran montañero, un gran aita, un gran esposo y compañero... en suma, una gran persona. Se rinde homenaje a mi primo Alfre. Hacía muchos años que le había perdido la pista. A mis recuerdos afloran mis años de niñez, en aquella casa grande de la calle Iturribide, donde una recua de mozalbetes compartíamos juegos, travesuras y vida en la calle. Llenábamos el edificio y la calle de risas, jolgorio. Nosotros, mis hermanos y yo les tirábamos cosas desde nuestra buhardilla en el séptimo "cielo", como le llamaba yo, y luego bajábamos corriendo las escaleras de 4 en 4 para recogerlas en el fondo del patio.

Alfre, junto con mi hermano el pequeño formaban parte de la cuadrilla txiki y nos miraban con ojos de admiración a los más mayores por nuestras osadías haciéndole trastadas a Benita, la portera.

Y los txikis fueron creciendo y madurando. Algunos se hicieron inseparables, como mi hermano Oskar y Alfre. Nació en ellos su gran pasión por la montaña y la naturaleza. Aprendieron que a veces la vida te pega duro, como cuando tuvieron que afrontar la muerte de Eloy, uno de sus mejores amigos, en la montaña, algo que les marcó durante mucho tiempo. Pero ellos siguieron adelante, con su espíritu acompañándoles durante muchos años.

Luego la vida les llevó por derroteros diferentes, les separó en el tiempo. Hasta que el destino le hizo reencontrarse a Alfre con mi hermana Maribel e Isa en ese rincón tan especial, llamado Aranzazu. Esa vez no le pude ver, pero ellas me supieron transmitir su gran humanidad. Y sobre todo, a través de ellas y de su mujer, Nieves, una gran mujer como no podia ser menos, he podido redescubrirle.

Ya ves Alfre, la vida y el tiempo nos traen estas cosas, personas que se nos perdieron una vez en el tiempo, regresan a nosotros de otra manera. No pude despedirme de ti, Alfre, pero siempre estarás con nosotros a traves de Nieves y de tu hijo, y en cada uno de los rincones de esos montes que tanto amaste. Porque para mi tu serás siempre el pastor de Aranzazu.


martes, 13 de diciembre de 2016

LA MONTAÑA. LUCES Y SOMBRAS

El otro día, y gracias a la propuesta de unos buenos amigos, después de un montón de años alejado de las cumbres, pude disfrutar de mi reencuentro con una de mis mayores pasiones, añorada y abandonada por diversas circunstancias de la vida: la montaña. Lo primero, me gustaría agradecer (porque lo contrario sería tremendamente injusto) a Marta, Jose, Roberto, Joserra, Iñaki, Natio… y a sus correspondientes vástagos (Izai, Miren, Iñigo, Ane, David, otro Iñigo y Xabi) su compañía, ánimo y alegría. Gracias a ellos he vuelto, a mis 59 años, a revivir la ilusión, la maravilla de la naturaleza en su estado más puro, la libertad de sentirte junto al cielo, respirar el aire limpio de las cumbres, admirar la belleza de un bosque de hayas con las ramas desnudas y el suelo cubierto con un manto de hojas secas de color rojizo cual alfombra acogedora, envolverte en una tenue niebla mágica que te transporta a un mundo interior donde las sombras, lejos de asustarte, te muestran el camino. ¡Ah la montaña…! El cansancio de las piernas cuando estas al límite en la ascensión y te hacen sentir cada paso como una losa eterna, el aire frio que se te mete hasta el tuétano mezclado con la humedad del bosque cerrado, el manto de hojas secas que oculta de manera tramposa una capa de piedras sueltas que te hacen convertir la sonrisa en una mueca de dolor cuando las pisas y tuerces el tobillo, la niebla tan espesa que se puede cortar con un cuchillo y que te impide ver más allá de tus narices, la pendiente arriba que te corta la respiración y te ahoga… ¡Ah la montaña…! Con sus luces y sus sombras.

Los tiempos han cambiado a una velocidad de vértigo, y la montaña no podía ser una excepción. ¿O si? Depende a que nos refiramos. En realidad no es la montaña la que ha cambiado. Somos nosotros y las herramientas que utilizamos las que han evolucionado. Todavía recuerdo (permitidme que me ponga en plan "abuelo cebolleta") cuando en mis años mozos cogíamos el tren a Durango, sí, aquel tren viejo de madera, que chirriaba en cada curva pareciendo que se iba a descomponer a cada momento, echando humo continuamente. Sacábamos las guitarras para cantar, rodeados de mochilas, mientras los viajeros nos miraban con la complacencia que da la edad y nos agradecían que les animáramos la hora larga que duraba aquel viaje. Al pararse el tren en la estación con una gran estruendo, saltábamos alocados al andén y colgándonos a la espalda la mochila y la guitarra, emprendiamos la subida a pie hasta Urkiola para, una vez alli, proseguir hasta Amboto unas veces y otras seguir el cordal por Saibigain, Aramotz y Eskubaratz que nos devolvia a Lemona o Amorebieta, donde volvíamos a coger el tren de vuelta a casa. El ritual de todos los domingos al volver del monte: ducharnos, limpiar las botas de cuero y embadurnarlas con todo el cariño del mundo, acariciándolas,  de aquella grasa especial que las protejería en la siguiente salida. Nuestra única herramienta de orientación eran aquellos mapas de Javier Malo que tantas aventuras y pérdidas de rumbo han vivido conmigo. Y nuestro sentido de la orientación e imprudencia que suplía otras carencias técnicas. Y, como no, una gran dosis de pundonor que me impedía rendirme ante las adversidades climatológicas o físicas.




La montaña sigue siendo la misma. He cambiado yo. El otro día lo comprobé. Más años, más veteranía, más cansancio, más desgastado. Ahora subimos en coche a Urkiola. Incluso el tren es más moderno y rápido. Y los mapas ya no son de Malo, ahora son de Orux, que con su gps nos indica a cada momento donde estamos, hacia donde vamos y de donde venimos. Como si nos guiara por la vida.




 Ciertamente hay que adaptarse a los tiempos y saber aprovechar lo que cada uno nos trae como apoyo, pero no nos engañemos, con Malo, Orux, gps o papel, el camino tenemos que hacerlo nosotros, cada paso que demos hacia arriba tiene que ser esfuerzo nuestro, pèrsonal, cada gota de sudor, cada respiro jadeante, cada ampolla, agujeta o dolor, son nuestros y solo nuestros y tenemos que seguir con ellos, mirando siempre adelante. En cada paso que demos tenemos que ser conscientes de cuando merece la pena sufrir al subir una cumbre o cuando es mejor retirarse a tiempo. Esa es solo decisión nuestra, no de los mapas o gps.

Y hay algo que por muchos mapas analogicos o digitales que haya, por muchos cambios que experimenten las personas o los caminos, sigue existiendo de manera imperturbable a través de los tiempos: en la montaña impera la solidaridad, la amistad, el compartir, el acompañamiento, el respeto y la paz. Lo comprobé el otro día, a pesar de los años que hacia que no iba al monte. Para mi, comprobar que eso no había dejado de existir fue revivir de nuevo, renovar la ilusión. Con más años, más achaques, si, pero con mas veteranía y experiencia para afrontarlos, y sobre todo con la misma capacidad de superación que cuando era joven.